"La biblia siente una particular preferencia en presentar al anciano como símbolo de la persona rica en sabiduría y llena de respeto a Dios (SI 25,4-6).
En este sentido, "el don" del anciano podría calificarse como el de ser, en la iglesia y en la sociedad, el testigo de la tradición de la fé, el que obra con caridad.
La entrada en la tercera edad ha de considerarse como privilegio; y no solo porque no todos tienen la suerte de alcanzar esta meta, si no también y sobre todo, orque éste es el período de las posibilidades concretas de volver a considerar mejor el pasado, de conocer y vivir más profundamente los misterios divinos y convertirse en ejemplo para todo el pueblo de Dios (...)
No obstante los problemas que se deban resolver y el progesivo debilitamiento de las fuerzas y a pesar de las insuficiencias de las organizaciones locales, los retrasos de la legislación oficial, las incompresiones de una sociedad egoísta, no deben sentirse al margen de la iglesia, elementos pasivos de un mundo en excesivos movimiento, si no sujetos activos de un periodo humana y espiritualmente fecundo de la existencia humana.
Hay todavía una misión que cumplir, una ayuda que dar. Según el designio divino, cada uno de los seres humanos es una vida en crecimiento desde la primera chispa de existencia hasta el último respiro"
Ramón Alonso de Linaje
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