
Chentio
Casi siempre que se habla de personajes, nos remitimos inmediatamente a las personas aquellas que han sobresalido de alguna manera en el campo de los negocios, al Ciencia, la Educación, la Política y demás hierbas, y que ocupan o han ocupado importantes cargos de notoria relevancia en la vida nacional.
Sin embrago, excluyentes y segregacionistas como somos, hemos proscrito del paraíso de los “doctos” a aquellas personas con defectos físicos y mentales o con alguna discapacidad intelectual, pero que son parte de la vida de nuestro pueblo, que han alcanzado notoriedad no por escribir un libro o patentar un invento, pero sí por orinarse en la vía pública, o por creer, en el fantasioso mundo de su maltrecho raciocinio, que su actuación es normal y aunque a nosotros los “cuerdos”, su proceder nos parezca inverosímil, su manera de actuar es normal.
Abundaron ayer y abundan hoy, recordados personajes que han sido parte importante de nuestro conglomerado social, tal el caso del desaparecido “Moncho Loco”, que de loco, tuvo únicamente lo que la gente quiso creer de él. Con la escalera al hombro y la brocha de mescal en la mano, este legendario personaje iba mañana y tarde por los barrios de la antañona Esquipulas encalando las paredes, gesticulando y hablando para adentro de las cosas idas. Monologando en el silencio de las horas cómplices, que se alejaron de puntillas, quizá para no despertarlo del eterno sueño, el dulce sueño de color rosado que le pidió ese día que guardara la brocha y la escalera, porque le habían ordenado conducirlo al encuentro de la hermana muerte en una noche sin luna y sin estrellas.
Manuel “Risa”, “El Gato”, que tenía más de gato que de loco. “El Pululo”, “El Manotas”, “La Brujita” y “La Secretaria”, la humilde mujer aquella que se pasa la vida redactando cartas de amor para el príncipe azul que un día perdió en los averiados vericuetos de su mente y que, al no recibir contestación, se hunde como un barco sin timón en el sopor de un bote de alcohol barato.
“Santiagón”, conocido antaño como “El Camión Humano” por su fuerza descomunal; que sirvió a los poderosos y ricos del reino que le negaron techo y comida, y que, apedreado por los niños y a punto de ser atropellado por las motos y los carros de los hijos de aquellos que se aprovecharon de la fuerza de su juventud, vagaba de acá para allá con un costal de sueños rotos sobre el hombro, aplanando calles, comiendo a veces, haciendo como que dormía en una dura y fría banqueta de una casa abandonada, fumando puro y espantando con el humo del tabaco los fantasmas del ayer que le robaban sus sueños y arañaban sin asomo de piedad la carita triste de sus esperanzas.
Timoteo Canán, alias “Camión Chato”, desarrapado y feo, desyerbando jardines, botando basura, haciendo mandados y a punto de volcar por lo gastado de los tacones de lo que pudo haber sido alguna vez un par de botas vaqueras, es también el guatemalteco despreciado que presta un humilde servicio desde su maltrecha condición de ser humano y que en más de una ocasión se ha convertido en la burla de los muchachos del pueblo, este pueblo mío que en su loca carrera egocéntrica, ha olvidado cuánto le debe y cuándo hay que pagarle..
Amilcar Cantarero, hombre pequeñito, que sólo tenía un remedo de manos en sus muñecas, pero que había pulido su lengua con la lija de los diccionarios; que hablaba bonito, leguleyo de los tribunales, poeta y borracho, que pasó sobre nuestra tierra como un bólido, pero que escribió una página brillante en la historia de un pueblo llamado Esquipulas.
Tonito “Zunza”, el pequeñín serenatero del que se dijo siempre que la guitarra era más grande que él, el cantor de amores y leyendas que “endulzó” con su canto destemplado los oídos de más de una ingrata; personaje importante de este recordatorio obligado, que a pesar de ser viejo, tenía las manos de un niño de nueve años, pero que fue querido y apreciado por el pueblo. Bohemio, soñador y hasta poeta, que dejó la huella de su mano marcada en nuestra historia y que es también el personaje popular que se recuerda con cariño.
La Juana “Pinocha”, que en el secreto profesional de su oficio de sexo servidora escondió la inocencia de muchos esquipultecos, que ayer patojos (hoy prominentes profesionales), hicieron uno de ella cuando las hormonas les comenzaron a florecer y el cosquilleo de los “pelitos de maíz” naciéndoles abajito del ombligo, los obligó a correr en busca de su puerta, aconsejados por el viejo que todo lo sabe, pero que en realidad no sabe nada.
¡Juana “Pinocha!, mujer elegante, prostituta y borracha, que se fue un día por el camino de la tarde en plena deshojazón de margaritas y no volvió más. Que se quedó para siempre en el fondo de una rústica caja de pino, soñando amores, tejiendo sueños con hilos de nostalgia y llanto, que diluyeron sus ojos en la agonía de una noche sin fin.
Juan “Pinocha”: yo también te confié el dorado secreto de mi adolescencia y aquella cuando me dijiste adiós con la mano estirada para recibir el billete arrugado con el que pagaba tu servicio, yo el poeta salí feliz por la empedrada calle en un vuelo de faldas de camisa. ¡Había dejado de ser niño; me habías convertido en hombre!
Sin embargo en esta extensa lista de héroes anónimos, de personajes populares, de cuerdos y de locos, de grandes y pequeños, no podía faltar el pequeño gran Chentío.
¡Ah, Chentío! Policía, guardaespaldas con pistola de juguete; bombero, agente de tránsito, vendedor de periódicos, mandadero, activista político, fogoso orador y hasta candidato de mentiras de un Partido inexistente, es hoy por hoy el personaje más popular de nuestro pueblo.
Con la mentalidad de un niño de ocho años, este personaje cincuentón cobra las entradas en la fiesta, carga el muerto y dice los discursos fúnebres en los cementerios; lleva la canasta del mandado a las señoras; es el primero en agarra el bote de las colectas en los teletones, pide dinero cuando hay que curar algún enfermo y, cuando algún desinformado quiere enterarse de todo lo que pasa, que busque de inmediato al famoso Chentío, que ágil como cualquier experimentado reportero, le tendrá noticias frescas de primera mano.
¡Ah, Chentío!, la vida te hizo pequeñito como un tapón de corcho, pero te puso en el pecho un corazón de gigante. Naciste para hacer el bien en un mundo donde impera la maldad y la malicia de la gente…
Mañana cuando mueras, pequeño gran Chentío, niño grande de boca chupada y zapatos torcidos, ¿quién dirá ante tu tumba el discurso postrero con voz astentoria como vos lo hiciste? ¿Quién llevará de la mano al ciego? ¿Quién correrá primero tras el bote de las colectas para socorrer a los necesitados? ¿El que se burla de vos? ¿El que te mira con rabia y con desprecio porque sabe que jamás podrá igualarte?
No lo sé, Chentío; la verdad es que no lo sé. Sólo sé que yo estaré con vos en materia o en espíritu, para acompañarte triunfalmente por el camino hacia la estancia eterna de la que no se vuelve.
Por Juan Pablo Espino Villela.