La flor chusca.

Autor: Carlos Jimenez Suchite
La flor chusca.

Me gusta la poesía de los viejitos chuscos, esa capaz de incluir a la flora y a la fauna sin perder fluidez. La poesía de los viejitos chuscos no lleva quintillas, no incluye décimas, no cuenta con sonetos. Es a veces y sólo a veces que nacen haikus al azar. No son más que versos chuscos, chuscos como sus dueños. Son bojotes de barro moldeados por el momento, por el sudor, por los nervios, por el asombro precipitado.

Un viejito chusco se acerca a una muchacha que compra las tortillas para la cena y sin más elegancia de la que la tarde le permite, dice sin pensarlo mucho: «señorita, usted es más bonita que una flor en la oreja de un tigre».

La muchacha sonríe, sin entender muy bien, pero no se intimida en lo más mínimo, pues Aquel no es un muchacho galante, es un viejito chusco, y lo chusco siempre se nota en el andar o en el tono de la voz. La muchacha le da las gracias y se marcha con prisa para llevar las tortillas a la casa. La señora que le vendió las tortillas comparte risas burlescas con las otras tortilleras, producidas por el verso chusco de aquel viejito agradable.

Pero nadie allí sabe la verdad, ni la muchacha que compra, ni la señora que vende, ni las tortilleras que ríen; ni siquiera el viejito chusco la sabe.

Unas cuantas tardes atrás, la lluvia caía a cántaros y se colaba en las rendijas formadas por los pedazos de tabla mal amarrados que, aún así, construían la puerta en la casa del viejito chusco. Esto, anudado a las goteras en la lámina vieja, hacía que el viejito chusco estuviera más protegido de la lluvia en la calle, que en su propia casa. Abrió la puerta, tomó la escoba que estaba junto a los fierros de trabajo y comenzó a sacar el agua con la gracia de quien no usa la escoba muy seguido. Cuando casi terminaba de sacar toda la tempestad, vio que en un pedacito del terreno chapeado que quedaba frente a su casa, había unas flores blancas, sobrevivientes del azadón, hubo una en particular que llamó su atención. El viejito chusco dejó la escoba a dentro y se encaminó a la flor. Ya en frente, aquello era lo más hermoso que había visto en su vida. Una flor blanca resaltando de entre las otras, que luchaban por su vida siendo abatidas por las gotas que caían sin piedad. «Esto es mucho igual que la vida», pensaba el viejito chusco.

Las piedras se movían por poquitos, la tierra se convertía en lodo espeso, las flores se apachaban con debilidad, pero aquella flor blanca parecía bailar, hacía de aquellas gotas violentas una melodía pacífica, se movía de un lado para el otro con una gracia sublime. « ¡Parece un moro!», se decía el viejito chusco.

Y no estaba lejos de la realidad, allá arriba, en algún lugar del cielo gris, un creador ejecutaba a la perfección una marimba de tecomates y rociaba a toda la tierra con su melodía.

No entiendo—pensaba el viejito chusco—como es que la condenada tormenta, que más parece una bestia salvaje, nos arrebate a todos, menos a esta florcita chula. Talvez le agrade—seguía pensando—, o talvez la tormenta es una patoja y le gustó para su pelo.

El viejito chusco regresó corriendo a la casa, estaba empapado de pies a cabeza. «Es que yo no le parezco chulo ni a la lluvia», dijo, mientras se reía solo.

Ya en la noche, acostado en su cama chillona de resortes, el viejito chusco recordó la frase de un chino que su padre le había contado: «La lluvia sólo es un problema si no te quieres mojar». En realidad es un proverbio japonés, pero para el viejito chusco, cualquiera que tenga los ojos rasgados es un chino y no hay ni por qué discutirlo.

Allá va otra vez la misma muchacha, otra vez a comprar las tortillas, otra vez para la cena, otra vez en la misma tortillería. Nunca sabrá que fue invitada a formar parte de un poema inmensurable.

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