La polonesa.

Autor: Carlos Jimenez Suchite
La polonesa.

Horadan las tejas las notas del piano,

ríos nuevos nacen y parten el pueblo,

pequeños revuelos se forman en el agua

y danzan con la incertidumbre de la gente.

El orquestador del caos trae buenas noticias.

Los sonidos moldean rostros que acarician y alejan.

Así se crean los recuerdos,

la historia que se escribe con los pies

sólo consigue recordarse con la piel.

Todos bailan juntos como muñecos de trapo,

la vida comienza en los pedazos de arcilla

que acorralan al tiempo contra el suelo.

La noche llega de velo blanco, confundida.

Cada ser danzante es eterno un instante en su propia luz.

Truena en el cielo, relámpagos despistados

que talvez no hayan existido nunca, se pierden.

La música no logra interrumpirse,

alguien está celoso del orquestador.

Llueve.

La luz no se opaca ni un poco,

pero la piel mojada se mueve más lento,

pasan del delirio de la libertad sinfónica

a un vals romántico de cinturas ceñidas en cuerpos pesados.

La melodía y las gotas forjan acero,

cuerpos que se funden y hacen piedra.

Llueve, llueve más recio;

el río que dividió comienza a abrazarlo todo.

Poco a poco no queda nada, sólo el viento hurgado.

Las notas se van quedando mudas y desvisten a la noche,

las aguas quietas  hunden la memoria.

A los pueblos vecinos sólo llegan ecos deformes

y alguna nota que supo marcharse a tiempo.

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