Las pequeñas eternidades de la vida.

Autor: Carlos Jimenez Suchite
Las pequeñas eternidades de la vida.

Yo tenía 6 años. Viajábamos con mi mamá y mi papá a la capital cada cierto tiempo. El motivo: Yo estaba enfermo y en Esquipulas nos habían dicho que podía ser peligroso. Íbamos directo al hospital San Juan de Dios. Siempre que viajábamos yo insistía mucho para que fuéramos al cine, pues nunca había visto una película en una pantalla gigante. Por aquellos días eso significaba para mí ir al cine. Lamentablemente la respuesta siempre era negativa y con mucha razón: siempre íbamos con el dinero justo para los pasajes, el hotel y la comida. Recuerdo el hotel, se llama Fénix; recuerdo su color gris y las grandes letras con el nombre que siempre me gustaron. Algunas veces he vuelto a pasar por ahí y me siento triste. También recuerdo que en la esquina del hotel vendían fruta con miel, un deseo para el que sí alcanzaba el presupuesto.

Un día de 1999 mi papá y mi mamá me cumplieron mi deseo,  me llevaron al Capitol. Me compraron poporopos y elegimos (elegí) ver «El Hombre Bicentenario» de Robin Williams. ¿Por qué? Muy sencillo: ¡ROBOTS! Para mí los robots eran una maravilla, podían hacer muchas cosas sin cansarse, si se golpeaban no les dolía, no lloraban, y claro: no se morían nunca. ¡LOS ROBOTS ERAN LA COSA MÁS GENIAL DEL MUNDO!

Pero aquello era otra cosa, me sentía decepcionado. Me topé con un robot que no hacía cosas geniales, simplemente ayudaba a una familia en todo y lo hacía con gusto, era curioso, le gustaba aprender, respetaba a todos por igual, desde el jefe del hogar hasta una arañita en el sótano que también merecía vivir. Le gustaba reparar cosas. Si cometía un error pedía disculpas, pero eso no era suficiente, buscaba la manera de enmendarlo. En fin, era todo lo que mi mamá me pedía que yo hiciera. Ah, se me olvidaba, también contaba buenos chistes (¿Por qué Tarzán ya no usa cuchillo? Porque tiene hachita ja ja ja).

Pero había algo en especial que era tan confuso como para que me explotara la cabeza: ¡Era un robot que quería ser humano! Quería ser como yo. Quería cansarse, quería llorar, quería sentir, quería tener hambre, quería reírse; y la peor de las locuras: quería morir.

No pretendo contar la película, mejor les recomiendo verla por si aún no lo han hecho y si sí, vuélvanla a ver porque vale la pena. Sólo quiero recordar cómo la gran actuación de Robin Williams en el papel de Andrew Martin (el robot) me enseñó sobre las pequeñas eternidades de la vida.

Si él como robot se lastimaba, podía darse mantenimiento solo. Antes me parecía maravilloso poder hacerlo, pero desde entonces me pareció más maravilloso tener un par de personas a mi lado que durante el año hacían largos y cansados viajes conmigo para que me curara. No tenían dinero, pero lo conseguían para que yo estuviera bien y, por si fuera poco, también conseguían para cumplir mis deseos. Lloraban cuando les decían que yo estaba mal y me lo trataban de ocultar, me abrazaban y se abrazaban. Reían cuando les decían que yo estaba mejorando, eso no me lo ocultaban, eso me lo decían casi a gritos. Y otra vez: me abrazaban y se abrazaban. Las cosas terminan, claro; todo tiene ciclos, sí; la vida es hermosa, por supuesto.

Con 6 años aprendí de humanidad, claro que a un nivel de niño y sin mucho análisis, pero ahora puedo hacerlo y escribirlo.

Cuando me enteré de la muerte de Robin Williams, me llené de melancolía. Quienes han visto sus películas recordarán enormes mensajes y actuaciones en La Sociedad de los Poetas Muertos (1989), The Fisher King (1991), Jumanji (1995),  Good Will Hunting (1997) , Patch Adams (1998), El Hombre Bicentenario (1999), entre otras. Quienes no lo han hecho: por favor háganlo.

Algunas frases memorables.

«Uno ha estudiado su historia. Muchas terribles guerras han sido libradas donde millones de personas han muerto por defender una idea: libertad. Y parece que algo que significa tanto para tantas personas, vale la pena tenerlo.» El Hombre Bicentenario.

«Le has dado cientos de libros para leer, era solamente cuestión de tiempo antes de que estuviera intrigado por la idea de la libertad.» El Hombre Bicentenario.

«Prefiero morir como un hombre, que vivir toda la eternidad como una máquina.» El Hombre Bicentenario.

“No olviden que a pesar de todo lo que les digan, las palabras y las ideas pueden cambiar el mundo (…). Les contaré un secreto: no leemos y escribimos poesía porque es bonita. Leemos y escribimos poesía porque pertenecemos a la raza humana; y la raza humana está llena de pasión. La medicina, el derecho, el comercio, la ingeniería… son carreras nobles y necesarias para dignificar la vida humana. Pero la poesía, la belleza, el romanticismo, el amor son cosas que nos mantienen vivos”. La Sociedad de los Poetas Muertos.

“Ve lo que los demás no ven. Lo que los demás deciden no ver, por temor, comformismo o pereza. Ver el mundo de forma nueva cada día.” Patch Adams.

“La muerte no es enemigo, señores. Si vamos a luchar contra alguna enfermedad hagámoslo contra la peor de todas: La indiferencia.” Patch Adams.

Oh Capitán, mi Capitán.

Que descanse en paz Peter Pan, Aladino, Popeye…Robin Williams.

1 Comentarios

  1. Guilver Salazar dice:

    Excelente vivencia, excelente comentario, excelente exhortación, excelente narrativa. Y tiene razón en sus argumentos que elogian la figura del actor Robin Williams, a lo que yo agregaría, que Williams enseñó a los adultos a ser niños y a los niños, a sentirse felices de esa edad maravillosa. Felicitaciones Carlos; Dios le bendiga y le siga dando inspiración.

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