Murió Bobby Fischer

Autor: admin

Muerto Bobby Fischer, hoy hay menos talento sobre el planeta Tierra. Y también, menos locura. Si fue el más grande o no, es matizable. Pero sí ha sido quizá el más influyente, el hombre que marcó una época. Aunque casi siempre le derrotara su genial locura.

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Decir que Fischer era un excéntrico es quedarse corto. ¿Lunático? ¿Genio? ¿Loco? ¿Enfermo? ¿Leyenda? Quizá sea un poco de todo, y a su manera, siempre extraña, un icono para la sociedad de su época. Bobby Fischer fue un pionero, y también un hereje, con el juego y con su vida. Su victoria sobre Boris Spassky en "El Encuentro del Siglo" supuso una gran victoria moral en la América de la generación posterior al senador McCarthy, aquélla que veía en el comunismo soviético a su peor enemigo. Cualquier cosa valía en aquel momento, y llegó a través del ajedrez, lo menos pensado.

Fue en 1972, en medio de la Guerra del Vietnam, y la victoria fue abrazada por la propaganda estadounidense como la demostración evidente de la superioridad occidental. En plena Guerra Fría, con ambos polos en su momento más álgido, Estados Unidos se anotaba un punto, con las reglas del enemigo. Un americano de origen judío, viniendo de un país que casi desdeñaba el ajedrez, había derrotado solito, sin más ayuda que su inmenso talento, a la poderosa escuela soviética, hegemónica en el ajedrez prácticamente durante todo el siglo XX, algo que continuaría después con Karpov y Kasparov. Fischer, junto a Mohamed Alí, era el no va más, una manera de desviar la atención de Vietnam.

Spassky, que fue muy amigo de Fischer, contó para el duelo con la ayuda de todos los analistas y grandes jugadores soviéticos de la época. A fin de cuentas, aquello también era la Guerra, con mayúsculas. Fischer llegó diez días tarde a Islandia, país al que insultó a su llegada, y del que luego abrazaría su nacionalidad, y estuvo a punto de ser descalificado. Finalmente, después de que mediara el mismísimo Henry Kissinger, Fischer jugó. Y ganó. No tuvo la ayuda de nadie. Fue una demostración brutal de talento, pese a que cedió las dos primeras partidas. Se quejó por las cámaras en ambas, o por cualquier cosa. Finalmente, derrotó a Spassky por 12,5 vs 8,5, el 31 de agosto de 1972. Spassky cayó en desgracia en su propio país, y en 1978 se hizo ciudadano francés. En la cena de gala, Fischer aseguró que él sería un gran campeón, que jugaría muchas partidas y que dejaría muy alto al ajedrez mundial. En lugar de eso, hizo la jugada que nadie esperaba. Desapareció.

Eso sí, el acontecimiento fue seguido a nivel mundial, Fischer fue portada de las revistas con más tirada a nivel mundial, y le valió numerosos contratos millonarios. Pero era como era, y los rechazó todos.

Lo que sucedió después, su renuncia a la defensa del título en 1975 contra Karpov, su rematch de 1992 contra Spassky en la antigua Yugoslavia -que ganó-, sus comentarios el mismo 11 de Septiembre de 2001 a favor de los atentados de AlQuaeda, en fin, su espiral de escándalos y decadencia, es parte de la leyenda, del genio incomprendido, y sobre todo, del delirio. Episodios muy tristes en la vida de alguien que fue, como Alí, el más grande. Él mismo lo decía: "No me gustaría ser inmodesto, pero no es necio decir la verdad: soy yo". Lo fue, al menos aquel día de verano de 1972, cuando ganó la primera batalla de la Guerra Fría

Carlos Monasterio / Eurosport

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