Se realiza la carrera 5K Bladimir Salazar

Autor: Guilver Salazar
Se realiza la carrera 5K Bladimir Salazar

Hoy, en el quinto aniversario de su fallecimiento, Imprenta y Litografía Maya, la empresa en él fundó y que ahora administra su familia, organizó una carrera de 5K en la cual un medio centenar de corredores participaron.

UN HERMANO, UN AMIGO, UN GRAN SER HUMANO.

Por Guilver SalazarHace cinco años, un 1 de febrero de 2010, con su afición por la maratón, salió a medio día en busca de una nueva meta, cuyo premio no era un trofeo, una medalla ni un diploma, sino la vida eterna.

Fue su última carrera en esta tierra, pero nos dejó además de su recuerdo, un ejemplo de buen hijo, dedicado padre y excelente hermano, cuya vida, además del deporte, fue el estudio, el servicio a los demás, el trabajo tesonero y honrado y una marcada afición por la escritura. Ese gusto le permitió instalar su primera imprenta llamada MOPASA, la que posteriormente se convirtió en Imprenta y Litografía MAYA. Sí, yo sé que a estas alturas de mi narración usted ha acertado que estamos hablando de BLADIMIR GIOVANI SALAZAR ERAZO.

Hoy que se cumplen cinco años de su trágico fallecimiento, he querido publicar, por este medio, uno de los cuentos que él escribió, y que tuve la oportunidad de incluirlo también en uno de mis libros, el que fuera dedicado a él, titulado DE LA MISMA MADERA, pues quería dejar constancia de la habilidad de mi hermano para escribir. Curiosamente, como ironía de la vida, Bladimir nunca publicó un libro con sus escritos, a pesar de tener a su disposición una de las mejores imprentas del nororiente de Guatemala.

Espero que al terminar de leer este cuento, usted eleve una oración por su alma. Dios le pague.

Benjamín era un muchacho nacido en cuna humilde, hijo de don Gonzalo Ríos Urrutia y de doña María Méndez de Ríos quienes además de Benjamín, habían procreado tres hijos más, María, Beatriz y Alfonso.

Benjamín era el mayor. De carácter serio, siempre soñó con vivir en un hogar con lujos como sus amigos con los que pretenciosamente se relacionaba, hijos de las familias de abolengo de aquella ciudad. Su padre don Gonzalo, era un humilde pintor de los llamados de “brocha gorda”, que escalera en mano, todos los días salía a “cambiarle la cara a la ciudad” como él decía. Don Gonzalo era ejemplo de constancia, honradez y rectitud en su familia; siempre les inculcó a sus hijos buenos principios, además constantemente les hablaba de la persistencia en el trabajo y prueba de ello era él mismo, pues a base de mucho esfuerzo y aprendizaje ya era buscado para hacer casi todos los rótulos de las tiendas grandes y pequeñas de la ciudad. Era también un soñador, siempre hablaba que algún día lo verían exponiendo sus obras de arte en alguna galería famosa de la capital; sin embargo, muchos de sus sueños y consejos eran reprochados hasta con burla por su hijo mayor, Benjamín, quien siempre le contestaba: “¡Ay padre, si soñar no cuesta nada, yo siempre he creído que a usted, cuando ya no esté, ni nosotros lo recordaremos por algo grandioso!”. A don Gonzalo se le humedecían los ojos, pues he de agregar que Benjamín era su hijo predilecto; era el hijo en el cual había cifrado las esperanzas de obtener un mejor futuro para su familia, era al que siempre le ponía las mejores cualidades cuando con otros padres presumían de sus hijos y sin embargo, Benjamín siempre renegaba de su humilde familia, de su casa sencilla, de su condición de pobre.

El tiempo transcurrió. Benjamín cumplió sus veinte años y con la idea de ser un hombre hecho y derecho, con la equivocada idea de que el mundo lo podía dominar con su puño, partió de su casa, se fue como se va la tarde en aquellos días grises de octubre, sin despedirse de nadie y para don Gonzalo aquella partida era como el preludio de un inmenso sufrimiento. Su hijo del alma por el cual hubiera dado la vida, lo había abandonado, avergonzado de su humilde condición. Don Gonzalo fue enfermándose, cayó lentamente preso de su sufrimiento. Dos años después, su figura había cambiado como si hubieran pasado doce o más años… Sus enfermedades ya casi lo tenían postrado, dos años con diez meses y once días después de la partida de Benjamín, don Gonzalo murió.

Nadie supo dónde encontrar a Benjamín, sin embargo, sus hermanos y familiares, cuando les preguntaban por qué Benjamín no había estado en el velorio de don Gonzalo, contestaban que debido a su trabajo en los Estados Unidos y a lo repentino del fallecimiento de su padre, no había podido acompañarlos. Estas eran frases que solo consolaban a la familia pues en el pueblo todos comentaban lo ingrato que había sido con su padre.

Pasado algún tiempo, insistentes golpes se escucharon en la puerta de la humilde vivienda de la viuda de don Gonzalo.

— !Ya van, ya van! —gritó doña María—, ¡ni que se estuvieran zurrando! —dijo para sí, ante los insistentes golpes, y corriendo hacia la puerta movió la tranca que cruzaba horizontalmente, las dos hojas de aquella vieja puerta. Al abrir, rápidamente se le iluminó la cara de alegría al ver a don Esteban González, amigo y compañero de la infancia del fallecido. Había transcurrido siete meses y tres días exactos de la partida del difunto esposo de doña María.
—Don Esteban, que gusto verle por esta humilde casa, pase adelante —dijo doña María.

—Muy buenos días, doña María —contestó don Esteban al momento que avanzaba hasta una desvencijada silla en donde se quedó de pie.
—Siéntese por favor don Esteban, está usted en su casa. ¿Qué lo trae por acá?

—Pues voy a ser breve —dijo don Esteban mientras se acomodaba en aquella silla—. Resulta que el fin de semana recién pasado, tuve la visita en mi casa de un sobrino de mi señora esposa, quien vive en las fincas bananeras de la costa norte y quien me comentó ser compañero de trabajo de un muchacho llamado Benjamín.
Al escuchar esto, doña María como impactada por un rayo, rápidamente se puso de pie y llevándose la mano izquierda a su boca para taparla, alcanzó a exclamar ¡Dios mío!.

Don Esteban al ver el rostro de sorpresa e incredulidad de doña María, rápidamente se levantó y tomándola del brazo, le dijo:
—Doña María, en realidad no estoy cien por ciento seguro de que este muchacho sea su Benjamín; sin embargo, tengo el presentimiento de que así es por la descripción que de él hizo el sobrino de mi mujer. Es más, en alguna oportunidad él dijo ser de por estos rumbos.

—Yo podría —continuó don Esteban—, por medio de este muchacho enviarle algún mensaje suyo, pues nada se pierde si él no fuera. ¿No cree, doña María?
—Espéreme un momento, don Esteban —dijo doña María, al tiempo que corría hacia un cofre viejo que se encontraba en una de las esquinas de la sala. Al abrirlo, sacó del fondo una cajita de madera pequeña de donde obtuvo un amarillento sobre con el cual regresó hasta donde se encontraba don Esteban y dirigiéndose a él, con voz temblorosa, dijo:
—Esto es lo que quiero que por favor le entregue, don Esteban.

Don Esteban tomó el sobre y con suma curiosidad sacó de la bolsa de la camisa un par de anteojos con los cuales, al leer, pudo darse cuenta que se trataba de una carta que don Gonzalo había escrito para su hijo Benjamín.

—Es la última voluntad de Gonzalo; él en vida pidió que se le entregara este sobre a Benjamín y hoy quiero que se cumpla —dijo sollozando doña María.
—No se preocupe doña María, yo haré llegar este sobre a Benjamín —dijo don Esteban al tiempo que guardaba el sobre en la bolsa de su camisa y encaminaba sus pasos hacia la puerta. Después de despedirse, doña María sintió como si un gran
peso se hubiera caído de su cuerpo y resignada, dijo:
—Que se haga la voluntad de Dios.

Aquel sobre llegó a manos de Benjamín, quien sin darle importancia lo recibió y agradeció, secamente, al amigo que se lo había llevado.
No está demás indicar que Benjamín supo de la muerte de su padre, como cuatro meses después de ocurrida; pero su corazón ya estaba endurecido. Todos los sufrimientos que había pasado, creía que los culpables eran sus padres, por no darle las riquezas y los lujos que siempre ambicionó. Tomó el sobre y doblándolo en dos lo guardó en una gaveta del escritorio, que tenía en aquella casa de la compañía bananera, en donde había llegado a ocupar el puesto de supervisor de una de las tantas fincas que la transnacional explotaba.

Los años pasaron raudamente y cuando más transcurría el tiempo, más añoraba su tierra, la cual no había visitado desde hacía 19 años. A la edad de 39 años y ante el aviso de la muerte de su madre, por fin decide regresar, no tanto por el amor a doña María, sino por la nostalgia de aquella tierra. Ya de regreso y pasados algunos meses, comenzó a frecuentar amigos y a caminar por aquellas calles las cuales recorría de punta a punta, se iba por callejones, calles y avenidas disfrutando las caminatas como aquel que sediento disfruta del agua que bebe.

Una tarde, ya casi entrada la noche, pasó frente a una vieja casona y se sorprendió al ver en la pared, un dibujo de aproximadamente dos metros y medio de alto por tres de ancho. Era un dibujo de un vaquero que en erguida posición apuntaba su arma hacia el frente, de tal manera que en cualquier dirección que uno lo viera, el vaquero siempre apuntaba. El dibujo correspondía a la Armería Godínez, la cual por algún tiempo estuvo establecida en aquel lugar, pero debido a lo pacífico de la ciudad, su propietario había cerrado dicho negocio quedando en la pared únicamente el dibujo del Pistolón de Godínez. Benjamín se quedó por un momento inmóvil y extrañamente sintió una energía interior. El vaquero parecía burlonamente sonreír y eso cautivaba más la atención de Benjamín que desde aquel día, siempre buscó por aquella calle la descolorida pintura por la que sentía aquella extraña fascinación.

Benjamín había logrado instalar un próspero almacencito el cual crecía aceleradamente debido al arduo trabajo. Algunas veces ya entrada la noche se le veía bajar las persianas de su negocio para dirigirse a su casa a descansar, era un hombre solo, a sus cuarenta años no había podido o no había querido acompañarse. Una de esas noches y antes de llegar a su casa, decidió cruzarse por el Pistolón. La noche era oscura, Benjamín sabía que no vería la imagen del Pistolón, sin embargo, el solo hecho de acercarse a ella mitigaba su fascinación. En la penumbra dos siluetas se deslizaban tras Benjamín, eran dos hombres que lo habían seguido, pues sabiendo de su prosperidad comercial, estaban dispuestos a todo con tal de hacerse del dinero de las ventas de aquel día en el almacén. Cuando Benjamín se detuvo frente a la vieja casona, los hombres se abalanzaron peligrosamente sobre él. Con sendos puñales en mano estaban a punto de cometer aquel crimen, pero de pronto, en la penumbra, claramente fue iluminado el dibujo del pistolón por los disparos dirigidos certera y mortalmente hacia los delincuentes. Benjamín no supo más, pues por instinto salió en disparatada carrera.

Al día siguiente, la noticia había corrido como reguero de pólvora. Los dos delincuentes más buscados habían sido abatidos por un desconocido. Benjamín no pudo contener su curiosidad y también se unió al grupo de personas que rodeaban la escena del crimen.

Sólo él sabía que el desconocido responsable de la tragedia y de salvarle la vida, era el Pistolón de Godínez y alzando la mirada correspondió agradecido con una sonrisa, a la del vaquero que estaba pintado en el rótulo.

Los cadáveres habían sido retirados, la dueña del viejo inmueble lavaba la acera y la pared aún manchadas de sangre. Benjamín no perdía detalle y cada vez que la escoba pasaba sobre la pintura sucia y llena de sangre, esta parecía recobrar vida. De pronto, pudo notar que al limpiarla quedaba al descubierto la firma del pintor de aquel dibujo; se acercó y en ella leyó “Gorrión”. Quedó pensativo, por su mente pasaron un sinfín de preguntas a las que no pudo darles respuesta y como un autómata llegó a su casa. Involuntariamente sacó el sobre amarillento que aún conservaba y decididamente lo abrió. Era la carta que su padre le había dejado antes de morir y la cual decía:
“Benjamín: hijo de mi alma, te escribo esta carta aún con la esperanza de volverte a ver, no sabes lo inmensamente feliz que me hacía tu presencia. Desde que te fuiste de la casa la vida para mí no tiene sentido; es como si me hubieran robado el deseo de vivir; es como si una parte mía se hubiese ido… Hijo lindo, siempre quise darte lo mejor, siempre luché duramente por eso, sin embargo, con tu partida, todos mis sueños se perdieron, aun así, para mi eres el ser más hermoso; mi gran amor jamás te abandonará y si muero y no te puedo ver, te prometo hijo, que aún después de muerto te buscaré y siempre te protegeré”
Gonzalo Ríos Urrutia.

PD. “Se me olvidaba decirte que Efraín, mi amigo de la infancia, me ha prometido que si muero, él te buscará para entregarte esta carta. Además te dejo dos cuadros que yo pinté, y que los he dedicado a ti. Uno, tú se lo reclamarás a Efraín en prueba de que has leído mi carta; el otro no sé si lo encontrarás, lo dejé pintado en la pared de la Armería Godínez”

Atentamente, “Gorrión”.

El papel cayó de sus manos y de rodillas, lloró amargamente como jamás lo había hecho. Lloró toda la noche y por muchos días y al final, sin ser padre, comprendió el amor del suyo.

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